En agricultura, no todo lo que desaparece de la vista deja de existir. A veces, simplemente cambia de lugar. La lixiviación es un buen ejemplo de ello: un proceso natural —provocado por la lluvia o por un riego excesivo— que arrastra sustancias solubles a través del suelo o de las pilas de estiércol. El problema aparece cuando ese arrastre incluye toxinas, patógenos y esporas de hongos, convirtiendo una aparente “limpieza” en un serio riesgo ambiental.
El falso mito de la limpieza por agua
En el caso del estiércol contaminado, la lixiviación no elimina los problemas, los traslada. Las micotoxinas, producidas por ciertos hongos, pueden ser parcialmente solubles en agua. Cuando se produce lixiviación, estas sustancias no desaparecen, sino que se infiltran hacia capas más profundas del suelo o alcanzan cursos de agua superficiales y acuíferos.
Algo similar ocurre con las esporas de hongos, que pueden ser arrastradas y dispersadas por el agua, colonizando nuevas zonas si las condiciones son favorables. El resultado es una mayor propagación del problema y una contaminación más difícil de detectar y controlar.
Un impacto ambiental que va más allá de la finca
La lixiviación incontrolada del estiércol —especialmente si está contaminado— puede provocar eutrofización de ríos y estanques, debido al exceso de nitratos, además de facilitar la propagación de patógenos y toxinas. No es solo una cuestión agronómica: es un problema de salud ambiental y de gestión del territorio.
Por eso, confiar en el agua como solución es un error. El agua mueve, pero no transforma.
Qué hacer con el estiércol contaminado: transformar, no arrastrar
La lixiviación no es un método recomendado para eliminar hongos ni toxinas. La alternativa pasa por procesos que descompongan o inactiven estos compuestos de forma segura y controlada.
El método más eficaz es el compostaje controlado. Se trata de un proceso biológico aeróbico en el que microorganismos beneficiosos —bacterias y hongos descomponedores— transforman la materia orgánica, degradando patógenos y reduciendo la toxicidad de las micotoxinas cuando se mantienen las condiciones adecuadas de temperatura, humedad y aireación.
Claves para un manejo responsable
- Control de la humedad: El exceso de agua favorece la lixiviación. La humedad debe ser suficiente para la actividad microbiana, pero nunca excesiva.
- Aireación adecuada: Imprescindible para evitar procesos anaerobios indeseados y favorecer la biotransformación.
- Uso de agentes biotransformadores: Algunas investigaciones apuntan al uso de microorganismos específicos o enzimas capaces de degradar micotoxinas en compuestos menos dañinos.
- Evitar soluciones parciales: Los adsorbentes o secuestrantes (como el carbón activo) se utilizan en alimentación animal para reducir la absorción de toxinas, pero no son una solución viable para tratar estiércol a gran escala.
Agricultura regenerativa también es responsabilidad
En Orobal Canarias apostamos por una agricultura que entiende los procesos naturales y actúa con conocimiento. Gestionar correctamente el estiércol no es solo una cuestión de fertilidad del suelo, sino de protección del agua, del ecosistema y de la salud colectiva.
La lixiviación no soluciona el problema: lo esconde y lo agrava. La verdadera solución pasa por procesos biológicos bien gestionados, que transformen residuos en recursos y devuelvan equilibrio al sistema.
Porque regenerar el suelo también significa evitar contaminar lo que no vemos.